lunes, 8 de febrero de 2016

EL ARTE




El arte sirve para limpiar los ojos”. Escribí esa pequeña pero grandiosa frase de Karl Kraus en mi aportación a un mural compartido entre varios artistas (Col-art). Es una de las mejores definiciones del arte que he leído.

La medicina sirve para curar, la filosofía para pensar, la ciencia para saber, la educación para intoxicar... Todo está hecho con una finalidad específica. El arte no. El arte no tiene un cometido concreto, ni misión alguna. No sirve para nada, y por eso sirve para todo. Su inútil utilidad (…), esa aparente contradicción, lo define como algo extraordinariamente único.

Existen los ojos sucios. Los que el arte podría limpiar, que no adoctrinar, no son todos. También hay ojos imposibles de lavar. Están en el otro lado, lejos de cualquier luz. Aunque a la distancia justa para poder tocar con desprecio, politizando el arte a través de su iconografía. Algo que no es nuevo, por cierto. El arte sirve para todo, ajeno a su propio destino. La utilización simbólica posterior a su creación lo lleva inevitablemente a su destrucción. La destrucción de un símbolo conlleva desprecio y exhibición. Es necesaria la divulgación del momento de la caída, formando así nuevas imágenes. El símbolo adquiere otra simbología y el icono no se destruye del todo, se convierte a través de las imágenes en una nueva iconografía.



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